No me da vergüenza: soy sinvergüenza. Y aunque en todas las cosas no estoy orgulloso de serlo precisamente, tampoco me retraigo. De hecho lo soy más que antes, y lo veo como una gran ventaja antes que una ignominia. Y sé que decirlo no será del agrado de muchos puritanos, falsetes y mojigatos de este farsante sistema, cuyas secretas horripilancias las tienen refundidas en la doble vida o se hacen de la vista gorda en la irrealidad de su pulcritud.No me da vergüenza, por ejemplo, despertarme a más de las once de la mañana a desayunar mientras leo el periódico o ver televisión con comodidad sabiendo que más tarde tendré listo el almuerzo. Dormir después de las dos de la mañana luego de ver los Munsters en canal cuarenta, o ver en la pc algunas fotos y clips que tengo guardados. Menos aún me da vergüenza ver porno, sobre todo si es de Silvia Saint, y reconocer que soy un impetuoso pero discreto coleccionista de sus fotografías y vídeos.
No me da vergüenza decir que soy un pervertido fetichista, ser asiduo aficionado a la lencería femenina, y desgastarme horas revoloteando tiendas y bazares de la ciudad en busca de alguno que le guste a mi novia, pero sobre todo a mí quien de sólo verla usándola lo disfruta más. Y la variedad va desde un babydoll hasta unas medias de encaje o pantys, conjuntamente con zapatos de tacos altos que me derriten en el acto y exacerban mis hormonas con erógeno frenetismo, además de poner en marcha con reciedumbre mi material hidráulico. No me avergüenza ninguna de mis concupiscentes, lujuriosas, libidinosas e indecentes fantasías eróticas.
No me da vergüenza estar desempleado en esta ciudad de Lima, la bestia de diez millones de cabezas. Ser parte de la estadística real de quienes no tenemos un sueldo fijo ni contamos con seguro social. Tampoco de vender algunas cosas de mi casa al ropavejero para obtener algo de dinero. Menos todavía de pedir un sencillo a mis hermanos para mis pasajes o para invitar a mi novia un emoliente por la noche. Aunque eso no significa que no tenga ingresos económicos, claro que los tengo pues mis pervertidas y sicalípticas aficiones carnales son prioridad en mi presupuesto, y la fineza que merezco es costosa.
Tampoco siento vergüenza de no ser nacionalista ni patriota. De decir que no amo a Perú, ni a Lima, ni a Chiclayo, ni a Lince, ni a ningún lugar del mundo. De no haber votado por Machu Picchu como maravilla del mundo moderno ni creer que Perú sea más grande que sus problemas. No siento vergüenza de no estar orgulloso de ser latinoamericano. Tampoco me avergüenza no apoyar ningún partido político, aunque el tema me fascine, de no tener religión y de decir que me falta fe.
No me da vergüenza salir con mi novia a escondidas de su madre, porque aunque somos honestos, adultos y libres de compromisos como para ocultarnos de ella, es la sublime y elevada razón del amor la que hace que no le digamos la verdad aún, pues su madre le produciría mucho más problemas de los que ya tiene. No tengo vergüenza tampoco de que mi cholita me dé dinero algunas veces, me proporcione ropa, me invite a comer y que pague ocasionalmente la cuenta del hotel cuando estamos juntos.
No me da vergüenza divertirme de la gente, ser chismoso, mentiroso, pervertido, pendejo, caminar descalzo por las avenidas cuando deseo, agarrarle el trasero a mi novia en la calle y cargarla en lugares públicos aunque a veces se le vea el hilo dental, preguntar por calzones, tangas, brasieres o toallas higiénicas femeninas en las tiendas, no peinarme ni lavarme la cara o andar barbudo, ver en televisión lazy town, backyardigans, girls of the playboy´s mansión, escuchar la pituca del tongo, hacerme el dormido para no pagar pasaje en el transporte público, no ceder el asiento a las personas mayores, entusiasmarme cuando escucho los pasos de unos tacos de mujer (eso dice mi chola), sacarme los mocos con los dedos, ser grosero e irrespetuoso cuando me da la gana, orinar en la calle, deberle más de un año a mi proveedor web, vender cosas a sobreprecio, cutrear los vueltos en casa, tirarle cabeza a Saga Falabella a propósito, asustarme cuando mi flaca tiene antojos y no le viene a tiempo, llamarla a su casa por cobrar y quedarme largo rato conversando, ni de piratear cable, Internet y teléfono en mi casa.
No me avergüenza haber: comido en carretilla, dormido en la calle, nadado desnudo en la playa y en una piscina pública, sapeado cuando niño a mi vecina calata, pagado por ver streaptease en vivo, usado por necesidad ansiolíticos y antidepresivos, asistido a terapias psiquiátricas, sido choteado en peru21 como columnista, quedado penúltimo en mi última competencia de natación, sido pésimo alumno en la secundaria, realizado una prueba de vih por temor de sospecha.
No me produce vergüenza no ser un hombre de éxito, no haberle ganado a nadie, no ser un triunfador, no tener prestigio en nada, no ser un escritor reconocido, no ser un gran profesional, no haberme casado aún ni comprado un auto, y que mi patrimonio esté en cero. No me da vergüenza escribir y publicar este artículo porque no me dará vergüenza si no les gusta o nadie lo lee.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada